Itziar Montuega1, Miriam Martín1, Héctor Puyal1, Elena Longarón1, Karla Kostadinova1, Roberto Vitaller1, Janire Fernández2, David Guallar1,3, Pablo Quílez1,3, Delia Lacasta1,3, María Climent1,4
1 Servicio Clínico de Rumiantes, Facultad de Veterinaria, Universidad de Zaragoza
2 Belardi Albaitari Zerbitzuak S.L., Hernani, España
3 Departamento de Patología Animal, Facultad de Veterinaria, Universidad de Zaragoza
4 Departamento de Anatomía, Embriología y Genética Animal, Facultad de Veterinaria, Universidad de Zaragoza
La listeriosis es una enfermedad infecciosa de origen bacteriano causada por Listeria monocytogenes, un microorganismo intracelular facultativo Gram positivo que está ampliamente distribuido en el ambiente. Esta bacteria es capaz de sobrevivir en condiciones adversas como bajas temperaturas, pH ácido y altas concentraciones de sal (Farber & Peterkin, 1991; Low & Donachie, 1997). Además, este patógeno tiene una gran importancia en sanidad animal y salud pública debido a su carácter de zoonosis y su asociación con alimentos contaminados.
En los pequeños rumiantes, la enfermedad se caracteriza por una baja morbilidad y una alta letalidad, presentándose de forma esporádica o en brotes asociados a factores predisponentes (Center for Food Security and Public Health, 2007). La principal vía de infección es la ingestión de material contaminado, siendo el ensilado de mala calidad, especialmente aquel con un pH superior a 5,5, la fuente más común de infección (Radostits et al., 2007; Constable et al., 2021). Tras la ingestión, la bacteria invade el epitelio oral y puede ascender a través del nervio trigémino hasta el tronco encefálico, donde produce lesiones características de rombencefalitis (Low & Donachie, 1997).
Clínicamente, la listeriosis en pequeños rumiantes puede presentarse en varias formas, siendo la más común la forma nerviosa o encefálica, caracterizada por depresión, tortícolis, parálisis facial unilateral, movimientos en círculos y progresión hacia la postración y la muerte (Constable et al., 2021; Merck Veterinary Manual, 2023). Otras formas menos frecuentes incluyen la forma septicémica, principalmente en animales jóvenes, y la forma reproductiva, asociada a abortos en el último tercio de la gestación (Macleod et al., 1974).
Desde el punto de vista epidemiológico, la enfermedad presenta una mayor incidencia durante los períodos fríos, coincidiendo con el uso de ensilado, y suele afectar a un número reducido de animales dentro del rebaño, aunque con una elevada tasa de mortalidad (Radostits et al., 2007). Su importancia no solo radica en las pérdidas productivas, sino también en su potencial zoonósico, ya que L. monocytogenes puede transmitirse al ser humano a través del consumo de alimentos contaminados, lo que representa un problema relevante de seguridad alimentaria (World Health Organization, 2018).
El caso ocurrió en una explotación caprina lechera situada en la provincia de Guipúzcoa, en el norte de España, con un tamaño aproximado de rebaño de 140 cabras de raza Alpina Francesa. Los animales estaban gestantes y se manejaban bajo un sistema semiintensivo. Su dieta consistía en heno, concentrado con suplementos minerales y ensilado, presentando este último un contenido de humedad notablemente elevado.
Según el ganadero, los primeros casos aparecieron de forma esporádica aproximadamente una semana antes de la consulta, con animales que mostraban signos neurológicos de inicio agudo y progresión rápida hacia la muerte en un plazo de 48 a 72 horas. En total, cuatro cabras se vieron afectadas de forma consecutiva (Figura 1), siguiendo un patrón de mortalidad en ‘goteo’. El ganadero informó de que los animales afectados eran los que presentaban mejor condición corporal dentro del rebaño. Tres de ellos murieron en la explotación.
El cuarto caso desarrolló signos neurológicos el día previo a la derivación, presentando decúbito e incapacidad para mantenerse en estación. El animal fue ingresado en el Servicio Clínico de Rumiantes (SCRUM) de la Facultad de Veterinaria de Zaragoza (España) al día siguiente del inicio de los signos clínicos.
En la exploración clínica general, la cabra mostraba depresión del estado mental, decúbito con incapacidad para levantarse, sialorrea marcada, presencia de úlceras en la mucosa oral y vaginal, y una hipomotilidad ruminal pronunciada. También se observaron signos respiratorios leves, consistentes en descarga nasal serosa bilateral y tos productiva, probablemente secundarios al decúbito. Los parámetros fisiológicos, incluyendo temperatura corporal, frecuencia cardiaca y frecuencia respiratoria, así como el estado de las mucosas y la condición corporal, se encontraban dentro de los rangos normales.
Se tomó una muestra sanguínea para la realización de un leucograma. El perfil leucocitario mostró un patrón compatible con inflamación aguda, caracterizado por neutrofilia marcada junto con linfopenia, mientras que el recuento total de leucocitos se encontraba en el límite superior de la normalidad, lo que es consistente con un proceso inflamatorio sistémico de origen infeccioso.
Dada la presencia de signos compatibles con afectación nerviosa, se realizó una exploración neurológica detallada. El animal estaba deprimido mentalmente e incapaz de mantenerse en estación, lo que impidió la evaluación de la marcha. En cuanto a los reflejos espinales, el tono y movimiento voluntario de la cola estaban conservados, mientras que los reflejos del esfínter anal y vulvar estaban ausentes ante estímulos nociceptivos. El reflejo miotático no pudo evaluarse adecuadamente; sin embargo, la masa muscular y el tono del cuádriceps eran adecuados, lo que sugiere integridad funcional del nervio femoral y de los segmentos medulares L4–L6. Los reflejos de retirada estaban presentes en ambas extremidades posteriores, requiriendo mayor intensidad de estímulo en el lado izquierdo, y no se observó reflejo extensor cruzado. El reflejo cutáneo del tronco estaba íntegro bilateralmente.
En la exploración de nervios craneales, el nervio olfatorio no fue evaluado. El reflejo pupilar a la luz estaba presente bilateralmente y la respuesta de amenaza era intacta, indicando la funcionalidad de las vías visuales y de los nervios craneales II, III y VII. La respuesta a la estimulación lumínica provocaba movimiento del tercer párpado, compatible con la función del nervio VI. En relación con el nervio trigémino, la rama mandibular era funcional, mientras que las ramas maxilar y oftálmica mostraban respuesta disminuida en el lado izquierdo. El nervio facial presentaba parálisis parcial izquierda con asimetría facial y sialorrea. La evaluación del nervio vestibulococlear reveló estrabismo ventrolateral izquierdo al cambio de posición de la cabeza, compatible con síndrome vestibular izquierdo. Los nervios glosofaríngeo, vago, accesorio e hipogloso eran funcionales.
El diagnóstico diferencial se estableció a partir de los hallazgos neurológicos, priorizando procesos centrales con presentación lateralizada. La lentivirosis de pequeños rumiantes en su forma nerviosa se consideró, pero se descartó por su curso crónico y progresivo. También se incluyó la polioencefalomalacia por deficiencia de tiamina, aunque suele asociarse a lesiones corticales características y a un patrón menos focal en el tronco encefálico. Las intoxicaciones por plantas tóxicas se consideraron poco probables debido al número limitado de animales afectados y su presentación típicamente bilateral y simétrica, mientras que el traumatismo no explicaba la aparición agrupada de los casos. En cuanto a los signos respiratorios y digestivos, se consideraron entidades como el complejo respiratorio caprino, la neumonía por aspiración y la estomatitis ulcerativa, interpretándose como procesos secundarios o concomitantes.
Integrando los hallazgos clínicos, se concluyó que el cuadro correspondía a un proceso agudo, progresivo y asimétrico localizado en el tronco encefálico izquierdo, compatible con una etiología inflamatoria o infecciosa. La presentación clínica, el curso de la enfermedad y el contexto epidemiológico, en particular la asociación con el consumo de ensilado y la presencia de inclinación de la cabeza y parálisis facial, apoyaban de forma sólida la listeriosis encefálica como el diagnóstico presuntivo más probable.
Debido a la evolución desfavorable, el animal fue eutanasiado y se realizó necropsia. Macroscópicamente se observaron hiperemia meníngea y edema cerebral. El examen histopatológico reveló meningoencefalitis supurativa focal en el tronco encefálico, con microabscesos, necrosis y manguitos perivasculares mononucleares (Figura 3), lesiones altamente sugestivas de infección por Listeria monocytogenes. La confirmación microbiológica se obtuvo mediante el aislamiento del microorganismo a partir del cultivo de tejido cerebral.
La listeriosis en pequeños rumiantes es una enfermedad de gran importancia, estrechamente relacionada con el manejo alimentario, especialmente con el uso de ensilado. La ingestión de forraje mal conservado o contaminado constituye el principal factor de riesgo, favoreciendo la proliferación de L. monocytogenes y su entrada en el hospedador. El pH del ensilado es un factor crítico: valores inferiores a 4,5 limitan la multiplicación bacteriana, mientras que valores superiores a 5,5, junto con condiciones anaerobias y temperaturas adecuadas, favorecen su crecimiento. Además, el contacto del alimento con el suelo, el almacenamiento inadecuado de los fardos y la contaminación con heces de aves u otros animales actúan como fuentes adicionales de infección. La retirada de las capas superficiales del silo y el descarte de zonas enmohecidas reducen el riesgo, lo que refuerza que el control del ensilado es la principal medida preventiva (Low & Donachie, 1997).
Aunque también se presentan formas abortivas y septicémicas, en las que la bacteria invade el torrente sanguíneo y alcanza la placenta, provocando abortos, los casos descritos en este trabajo corresponden a la forma nerviosa. La principal vía de entrada en esta forma es la oral, aunque también se han descrito vías nasal y conjuntival. Tras la entrada en el hospedador, el patógeno asciende hasta el cerebro a través del nervio trigémino, causando infección e inflamación, lo que explica la localización predominante de las lesiones en el tronco encefálico y los signos clínicos observados (Low & Donachie, 1997; Oevermann et al., 2010). El manguito perivascular constituye uno de los hallazgos histopatológicos más relevantes y característicos, reflejando la respuesta inflamatoria del sistema nervioso central frente a la infección bacteriana.
El periodo de incubación suele ser de dos a tres semanas, aunque puede extenderse hasta dos meses. Esto tiene implicaciones epidemiológicas claras: cuando aparecen los signos clínicos, los animales pueden ya no estar consumiendo el alimento contaminado, y pueden seguir apareciendo nuevos casos incluso tras su retirada. Clínicamente, predomina la forma neurológica, con progresión rápida, generalmente entre uno y cinco días desde el inicio de los signos, y alta mortalidad. Los signos iniciales incluyen depresión, anorexia, disminución de la producción láctea y fiebre transitoria, evolucionando hacia incoordinación, hemiparesia, parálisis facial unilateral, desviación de la cabeza y tortícolis. En muchos casos, la muerte resulta de complicaciones secundarias como CRO sobreagudo o enterotoxemia.
El diagnóstico presuntivo requiere una anamnesis detallada centrada en el manejo alimentario y la presencia de signos neurológicos compatibles. La confirmación definitiva requiere el aislamiento e identificación del patógeno mediante cultivo microbiológico o PCR. En la forma nerviosa, la muestra de elección es el tronco encefálico de animales fallecidos, aunque también puede emplearse médula espinal o líquido cefalorraquídeo. Las pruebas serológicas tienen baja sensibilidad y especificidad, por lo que no se consideran el método de elección.
El tratamiento es complicado y con frecuencia poco eficaz, especialmente en fases avanzadas. La probabilidad de éxito aumenta si la terapia se inicia de forma muy precoz y con una selección antibiótica adecuada, teniendo en cuenta la dificultad de atravesar la barrera hematoencefálica. La administración intratecal puede mejorar la distribución del fármaco, pero rara vez es viable en condiciones de campo. El tratamiento de soporte incluye la corrección de la deshidratación y la acidosis mediante fluidoterapia intravenosa y bicarbonato sódico. Se ha descrito el uso complementario de vitaminas del grupo B debido a su depleción en los animales afectados (Constable et al., 2021; Braun et al., 2002).
Desde el punto de vista de salud pública, se trata de una zoonosis de gran relevancia. Aunque la morbilidad en humanos es relativamente baja, la mortalidad en formas sistémicas o encefálicas puede alcanzar el 20–30%, con tasas de hospitalización superiores al 95% en Europa, afectando especialmente a personas mayores, mujeres embarazadas, neonatos e individuos inmunodeprimidos (World Organisation for Animal Health, 2023). La transmisión se asocia principalmente a alimentos listos para el consumo y productos contaminados, incluidos productos lácteos no pasteurizados (Center for Food Security and Public Health, 2007).
En conjunto, la listeriosis es una enfermedad en la que la prevención, basada en un manejo riguroso del ensilado y de la alimentación, tiene claramente más importancia que el tratamiento como estrategia de control, tanto por su impacto productivo en las explotaciones como por sus implicaciones en salud pública.
Bibliografía
Cabraespaña, noticias diarias sobre el mercado nacional e internacional del caprino, investigación ganadera, alimentación y sistemas de manejo.