Silvia Berrocal Martínez
Técnico Comercial de Rumiantes de Leche - Alltech Spain
16/07/2026El caprino es un rumiante, y su principal ventaja competitiva frente a otras especies es su capacidad para obtener energía a partir de la fibra. Es precisamente en el rumen, gracias a la acción de la población microbiana, donde las fracciones fibrosas de los alimentos se transforman en nutrientes aprovechables para el animal.
Por tanto, la fibra no debe entenderse como un simple ‘relleno’ de la ración, sino como un elemento clave que define la eficiencia del sistema. No solo es la base energética del rumiante, sino que también juega un papel fundamental en la salud del animal.
Una adecuada aportación de fibra estructural favorece la rumia y la salivación, lo que contribuye a mantener un pH ruminal estable. Además, está directamente relacionada con la producción de ácidos grasos volátiles como el acético y el butírico, esenciales para la síntesis de grasa en la glándula mamaria.
De hecho, una dieta bien formulada a partir de forrajes de calidad permite no solo sostener la producción, sino también mejorar la salud ruminal, optimizar la composición de la leche y reducir costes de alimentación.
Por lo tanto, el problema no es tanto cuánto forraje utilizamos, sino cómo de bien lo conocemos, lo manejamos y lo aprovechamos.
La calidad del forraje
La calidad del forraje determina en gran medida su digestibilidad, su valor energético y el nivel de ingesta que puede alcanzar el animal.
De forma simplificada, no toda la fibra es igual. Existe una parte más digestible, que el animal puede aprovechar con mayor facilidad, y otra más estructural, menos digestible, que limita tanto el consumo como el aprovechamiento de la ración. En este punto, la lignina juega un papel clave, ya que actúa como barrera para la digestión.
En la práctica, esta calidad se mide a través de distintos parámetros analíticos. Entre los más utilizados se encuentran la Fibra Neutro Detergente (FND), relacionada con el consumo potencial; la Fibra Ácido Detergente (FAD), más ligada a la digestibilidad; y la lignina, que actúa como principal limitante del aprovechamiento de la fibra. Un forraje con alta lignina y elevada FAD tendrá una menor digestibilidad y, por tanto, un menor valor energético para el animal.
A partir de esta base, se puede entender que dos forrajes aparentemente similares pueden tener comportamientos completamente distintos en el animal.
Los principales factores que afectan a esta calidad son:
La digestibilidad no es solo un valor analítico, sino que tiene implicaciones directas en la respuesta productiva del animal. Trabajar con forrajes más digestibles permite aumentar el valor energético de la dieta, favorecer la ingesta voluntaria y mejorar el aprovechamiento de los nutrientes, optimizando además el funcionamiento ruminal. Por el contrario, forrajes poco digestibles limitan el consumo, reducen la eficiencia y penalizan los resultados productivos. En definitiva, mejorar la digestibilidad del forraje se traduce en mayor producción y mejor calidad de leche.
La proporción de forraje en la ración
Otro de los puntos críticos es la cantidad de forraje incluida en la dieta. De manera general, las recomendaciones en rumiantes sitúan el nivel de forraje en torno al 40 % para garantizar un óptimo funcionamiento del rumen. Sin embargo, en muchas explotaciones de caprino, este porcentaje suele situarse entre el 25 % y el 30 %, quedando por debajo de lo recomendable.
En los últimos años, han surgido enfoques que promueven la reducción del nivel de forraje con el objetivo de aumentar la densidad nutricional de la ración.
En este contexto, más que centrarse únicamente en reducir o aumentar el nivel de forraje, es necesario asegurar que la ración mantiene un equilibrio adecuado, tanto en cantidad como en calidad. Trabajar con niveles bajos de forraje puede ser una estrategia válida en determinadas situaciones, pero siempre que se garantice la capacidad de estimular el correcto funcionamiento ruminal.
El verdadero riesgo aparece cuando se combinan niveles reducidos de forraje con calidades deficientes, ya que esto compromete el consumo, la estabilidad del rumen y la eficiencia global de la ración.
Mantener un nivel adecuado de forraje permite estimular la rumia y la salivación, mantener un pH ruminal estable, favorecer una fermentación eficiente y mejorar la síntesis de grasa en leche. Es decir, contribuye directamente a la salud ruminal y, por tanto, al rendimiento productivo.
La presentación del forraje
Una vez definidos la calidad y la cantidad, el tercer punto clave es el formato en el que se presenta el forraje. En caprino, este aspecto es especialmente relevante debido a su comportamiento de consumo.
A diferencia de otras especies, la cabra tiene una elevada capacidad de selección, lo que significa que tiende a separar y rechazar las fracciones menos apetecibles o de peor calidad. En condiciones desfavorables, los rechazos pueden alcanzar entre un 15 % y un 40 % de la ración ofrecida. Este hecho tiene un impacto directo en la ingesta real, en el equilibrio nutricional y, en consecuencia, en los resultados productivos.
Por tanto, no basta con formular correctamente una ración: es imprescindible asegurar que el animal la consume tal y como está diseñada. En este contexto, la forma de presentación del forraje se convierte en un factor determinante.
En los sistemas tradicionales, donde el forraje y el concentrado se suministran por separado, es fundamental cuidar el manejo. La disponibilidad de espacio en el comedero, el diseño de las instalaciones y el formato del forraje influyen directamente en el comportamiento de consumo. Si el acceso es limitado o el forraje no resulta atractivo, aumenta la competencia entre animales y se incrementan la selección y los rechazos.
En estas condiciones, es habitual que el animal seleccione el concentrado frente al forraje, descompensando la ración real ingerida respecto a la formulada. Esto puede dar lugar a desequilibrios nutricionales, problemas digestivos y pérdidas de eficiencia productiva.
La introducción de la ración totalmente mezclada (unifeed) ha supuesto un avance importante en otras especies y presenta un gran potencial también en caprino. Este sistema permite ofrecer una ración homogénea en la que forraje y concentrado se encuentran perfectamente integrados, dificultando la selección por parte del animal.
Como consecuencia, se consigue una mayor uniformidad en la ingesta, se reducen los rechazos y se mejora el control sobre el equilibrio nutricional. Además, este tipo de presentación suele favorecer un incremento en la ingesta de materia seca, lo que repercute positivamente en la producción.
En cualquier caso, el éxito de uno u otro sistema dependerá siempre de partir de forrajes bien analizados y correctamente valorados.
Uno de los principales márgenes de mejora en muchas ganaderías no está en hacer grandes cambios en la formulación, sino en conocer mejor el forraje que ya se está utilizando. En muchos casos, se trabaja sin un análisis real de su calidad, lo que dificulta ajustar correctamente la ración.
Antes de plantear incrementos en el uso de concentrados, conviene evaluar aspectos básicos como la digestibilidad del forraje, su contenido en fibra y su comportamiento en comedero. Aspectos como el nivel de rechazo, el tiempo dedicado a la ingesta o la homogeneidad del consumo permiten entender qué está ocurriendo realmente en la granja.
Cuando se mejora la calidad del forraje o su manejo, es habitual observar un aumento de la ingesta y una mejor respuesta productiva, incluso reduciendo la dependencia de materias primas más costosas. En este sentido, el forraje pasa de ser un componente secundario para convertirse en un elemento clave en la eficiencia de la ración.
Resulta necesario profundizar en el conocimiento y la valorización del forraje como base de la alimentación del caprino. Un mayor enfoque en su estudio y caracterización permite optimizar el diseño de las raciones, logrando una mejor digestión y un aprovechamiento más eficiente de los nutrientes aportados.
Esta mejora en la precisión nutricional se traduce en incrementos de los rendimientos productivos y en una mejora de los parámetros de calidad de la leche. Todo ello debe abordarse asegurando un adecuado equilibrio entre cantidad, calidad y presentación del forraje, sin perder de vista un objetivo esencial: potenciar la salud ruminal y digestiva, clave fundamental para garantizar la sostenibilidad, rentabilidad y la eficiencia de los sistemas de producción lechera.
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